Poema para la ida I
Tómame de una vez quién seas y
desde dónde estés
apaga esa luz que aclara el alba
que su brillo merece
no sentir el más mínimo resquicio
del hombre que fue;
no seas cobarde y atrévete
que miedo no tengo
¿qué puede haber peor tras el anochecer?
si cuando amanece
siquiera me alienta el haber dormido
y enjuago mis labios
pensando en las horas de amor desnudo
que apenas hice con mi almohada
Tómame de una vez quién seas y
ayúdame a rendirme,
no seas orgullosa, cosa es que no te tema
y otra que no quiera irme,
alejarme de ella para siempre,
despreciar su recuerdo,
ignorar su partida ni aventurar su venida
¡que la espere quién la siga!
creyendo aún en el amor correspondido;
en eso sí nos parecemos, ¿no?
Tú, sombra tenue del destino que rompes
ilusiones, pasiones, sacrificios
y yo, camino a tu morada, irrumpo desolado
para unirme al panteón dolido
Tómame de una vez quién seas y
no busques formas ni razones;
aprieta el alma y mi diafragma
y haz de mí uno de los tuyos,
un ángel arrojado al abismo,
embozado con la seda de su vestido
¡Pon la fecha, yo pongo el cuerpo mío,
además del vino de fiesta!
que con mi sangre habrá de brotar
por tan cruel y voluntario destino;
os te pido sólo una cosa antes de irme
que mi ida parezca goce
y que el metano de mi aliento divague en su vida
y aún después de su muerte.