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La casa

Sobre un pequeño balcón yacía una casa grande;
solía pararme allí entre sus tres espacios
para observar a la gente pasar por mi cuadra,
y a veces abría de par en par las ventanas
que lo escoltaban, poniéndome a soñar despierto,
distraído por el sonar de las ramas de un árbol
al chocar con el fuerte viento.

Era una casa de fondo amplio y techos elevados,
cimientos de ladrillo y paredes de caña y adobe;
un largo y estrecho pasadizo adentro recibían
al visitante, y atrás se veía solitario un cuadrado
patio donde a veces mamá tomaba mate con sus
amigas o mis hermanas, mientras yo aprovechaba
para jugar solo en mi fantasía.

Y en el centro del primero de dos pisos se erguía
imponente una angosta escalera de madera en
cuyas barandas solía jugar preocupando a los
que me veían; recuerdo que, a veces, cuando
llegaba la madrugada siendo adolescente,
pasar el pasadizo y subir por la escalera
a mi cuarto era el camino del diablo, quien
presumiblemente me cogería, por lo que
me ponía a correr así sea en grandes pasos.

Arriba mi casa era rara, los cuartos tenían
varias puertas que se comunicaban entre sí
contiguamente; y en ocasiones escuchaba
el rugir del silencio empotrado con el aire
ingresando por dos grandes hoyos en las
paredes de arriba; me dicen que una vez
hubo un colegio allí, pero son mis gritos,
mis penas y alegrías los que abundan,
lo sé cuando me mira al pasar por su calle.

Pero ahora, poco queda de esa vieja casa,
la dejamos morir sola entregándola a otros,
y no me queda más que atenerme a verla
en solitario, como esperando que las cañas
que la envuelven se rindan, y el longevo
adobe se derrita esperando llegar a morir,
junto a mis eternos recuerdos de ella.

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