El vientre
Es tibio el silencio de la voz,
que escucho pacientemente;
son ángeles flagelados
por el viento al apretar sus alas;
y hasta el tiempo se corre
alargando sus años en la cuesta
a la que nos aferramos: ¡la vida!.
Eso qué importa, si ya todos
Sabemos que habremos de yacer
En un nido de hojarascas hiriente
como alimento de crías que nos
aguardan desesperadas; y a pesar
que creamos que lo noble
de nuestros actos sean vistos
como premio al paraíso,
somos tan igual uno para el otro,
carnada y bocado singular.
Y habremos mezclado las sangres
que nuestros ancestros vertieron,
hombres soldados, hombres héroes,
hombres presidentes, hombres
intelectuales, todos van allí
en la perfecta metamorfosis del
marxismo igualitario; nadie será
entonces distinto, seremos engüídos
por la misma boca y masticados
por los mismos dientes.
Me apremio mejor a decírselos porque
yo fui escupido por este ser maligno,
creyendo que ya habría de partir
de sus fauces que me contenían
cerca al abismo de su vientre infinito,
y me devolvió la vida cuando todos,
incluyendo yo, sabíamos de mi final;
y entonces eso a los que todos llaman
¡resucitar! no es más que no querer
ser recibido por un estómago lleno
de sangre, piel y huesos molidos.
La muerte no circunda en la vida;
esta yace solamente con las muertes,
y por eso es que hay que disfrutar
de la vida en la forma que se presente:
en la pobreza, en la riqueza, en el amor
y en el desamor. Y habremos nosotros
mismos de adquirir el más precioso
sabor amargo que nuestra alma brotará,
incapaz de convertirnos en alimento
tras el óbito que nos alcance,… más
allá de que nuestros cuerpos sirvan
a los gusanos y nuestro espíritu