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El hombre y la naturaleza

Como el hombre surge de la nada
así surgen las montañas, el aire,
y todo en lo que no es parte él;
el hombre encuentra la naturaleza
y se vale de ella, como siempre
desde sus inicios hasta lo real
que resulta el tiempo de ahora;
y eso no lo hace dueño de la tierra
ni de los árboles, mares ni animales
que ella habitan junto a él;
el hombre es tan sólo una montaña
más, es aire en el espacio,
es un árbol enraizado en la tierra,
un mar con peces y bravas olas
que revientan en sus adentros,
y un animal que viste de otra piel.

El hombre se acoge al intelecto
y al lenguaje para diferenciarse,
pero las montañas no piensan
y están más cerca del cielo, el
aire no habla y se escucha en
los silencios, el árbol da sombra
y frutos, el mar acude con sus olas
acariciando la madre tierra que se
le pega, y los animales no necesitan
del hombre para vivir como nosotros
de ellos; he de preguntarme entonces
¿no será el hombre quien debe saber
que si tiene su intelecto será
para aprender que no es más que
lo que es él, y que el lenguaje
de la palabra es la peor expresión?

Prefiero entonces ser la montaña
del Huascarán, ser el frío aire
del atardecer del norte del Perú,
el frondoso algarrobo que persiste
al desierto, o siquiera el mar pacífico
que rosa la costa de mi tierra,
sino ser el fastuoso cóndor del Colca;
pero como aún soy sólo un hombre,
con mi intelecto y mi lenguaje,
que a pesar del libre albedrío no
puedo convertirme en naturaleza,
habré de reconfortarme con saber
el resto de mi vida, que no somos
lo mejor que se creó, aunque sí
habré de valerme de toda creación,
para saber el porqué soy lo que soy.

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