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A usted

Puede que el sol se oculte ya
al acabar las horas de la tarde
y aparezca la noche desde ya
para desearle haciendo alarde

sin embargo, mi musa majestad,
no es eso lo que ahora importa,
ya que aún sin el día su beldad
atesora mi alma y no se soporta

pretendo así siquiera el olvidar
las perpetuas noches de pasión
cuando su cuerpo echaba a andar
sus antojos favoritos en mi ración

el azúcar prematuro de sus senos
y lo dulce que parecían sus besos
rebajaban lo ácido que al menos
terminaban siendo sus regresos

resistía yo luego de cada huida
la acometida de lo que me hacía
mientras retorna libre a su guarida
y yo mojado aún de usted, a la mía

hasta que llegaba un nuevo día,
usted, ataviada de lo de siempre,
se veía bella y sin empeño cedía
a mis velados placeres de hombre

pero cuán ignorantes fuimos los dos
que desdeñamos nuestro recato,
nos dimos ambos al mundo en pos
de ser los amantes de un relato

cómo es la vida que, entre el sudor
y los gritos de deleite que dábamos,
oculto estaba el castigo del pudor
en que usted dejaría lo que éramos:

dos amantes convertidos en fuego
consagrados a complacer los pecados,
eso que el destino nos dio sin ruego
amar y desear a pesar de ser casados

no sé siquiera si he de agradecer
lo intempestivo de su ausencia,
pues si bien lloré en el atardecer
aprendí a tomar una providencia

esa que me anima tanto practicar:
“que así vea a una hermosa mujer
que generosamente se venga a dar,
para amarla, soltera tendrá que ser”

por eso me esmeré en perdonarle
el hecho que se hubiese alejado
confiado que a su esposo iba a darle
los placeres y el amor del pasado

pero mi corazón exuda de dolor,
al poder de usted misma constatar
que no solo a mí y a él dio amor;
a otro hombre volvió a enamorar

es que si indigna, usted era ya
al estar conmigo entre soledad,
no sé cómo pudo regresar allá
y atreverse volver por piedad

qué ha de valerme que me diga
que es verdad que me adoraba
si creí de esa su blanca mentira,
que por su marido a mí me dejaba

por eso, señora mía, en que ahora
éste por fin la dejó; con su soltería
la acepto como amiga, pues es hora
de blindar mi corazón por su santería

aunque he de ser leal con su anuencia,
pues si ha sido un gusto volverla a ver
y el tiempo me ha enseñado prudencia,
ello es porque aún no la dejo de querer.

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